Los jóvenes de clase media se sienten a gusto con su vida y están agradecidos con sus familias por las oportunidades que les brindaron.
Estudian y trabajan. Sus responsabilidades les dejan poco tiempo libre, pero se las arreglan para cumplir con ellas sin dejar de salir, divertirse y ver a sus amigos.
Valoran mucho su entorno cercano; les gusta sentirse parte de él. Se sienten cómodos como miembros de un colectivo que perciben claramente y que entienden como “lo normal”. Ser iguales a sus padres es bueno, porque de esta manera sienten que pertenecen.
Pertenecen a las familias que formaron sus padres, a los que admiran porque supieron abrirse camino a pesar de las adversidades. De ellos aprendieron a valorar el esfuerzo, siempre que éste implique progresar.
Pertenecen a un grupo de amigos, con los que salen y se divierten para escapar de las responsabilidades. Los amigos, de hecho, son muy importantes; el tiempo libre es, casi siempre, sinónimo de amigos. Algunos, además, pertenecen a una pareja estable, y elaboran proyectos de futuro compartido.
Pertenecen a un trabajo, que les garantiza independencia económica de sus padres. Gracias a esos trabajos, pueden comprarse las cosas que les interesan, solventar sus gastos diarios y hasta pagar los estudios. No les gusta demasiado encontrar una oportunidad laboral, pero sí los inquietan las condiciones que se les imponen en estos empleos, donde sienten que se respetan poco sus derechos. Sin embargo, trabajar es importante, porque aporta dinero, un factor fundamental en sus vidas: les gusta consumir –porque consumir garantiza la valorada pertenencia al entorno- a la vez que tienen que cuidarse en los gastos. Se miden, compran en cuotas y así logran tener lo que quieren.
Pertenecen, por último, a un futuro que se dibuja algo incierto; que les preocupa pero que saben está a su alcance si hacen el esfuerzo necesario. Terminaron el secundario -algo que a muchos les costó, pero de lo que todos se sienten orgullosos- y tienen que estudiar una carrera, porque sus padres y la sociedad esperan eso de ellos. Una carrera para progresar y procurarse un futuro. Por eso, cuando eligen qué estudiar, lo hacen pensando en la salida laboral, más que en lo que sueñan hacer.
Estas pertenencias les ofrecen seguridad en el marco de una sociedad que, a veces, parece oponerles obstáculos. La realidad les sucede a diario: cuando van al trabajo o a la facultad, cuando salen a bailar y cuando caminan por la calle. Pero estos jóvenes, ante todo, tienen los pies sobre la tierra. Son pragmáticos, verdaderos estrategas de sus propias vidas.
Contentos pero atentos al futuro, laboriosos pero divirtiéndose, consumiendo pero sin excesos, se animan a entrar al molde que les ofrece la sociedad y marchan optimistas hacia allí.